El concepto hindú al respecto de karma es bien diferente del concepto occidental, divulgado por los grupos espiritistas y espiritualistas.

Con la influencia judeocristiana, rica en nociones de culpa y pecado, el karma para los occidentales tiene la configuración de algo forzosamente malo, que se debe pagar con sufrimiento.

Para el hinduismo, karma es sólo una ley de causa y efecto, del género "escupió para arriba, va a recibir una escupida en el rostro". La pura ley del karma es simplemente mecánica y no espiritual. Ni siquiera moral.

No depende de fundamentación reencarnacionista o incluso teísta. Se refiere a un mecanismo de la propia naturaleza. Una especie de energía potencial muy distante del fatalismo que le atribuimos.

Para ejemplificar la flexibilidad de ese concepto en la India, podemos citar una parábola que compara el karma con un arquero con sus flechas. El karma tendría tres etapas: la primera, equiparable al momento en que el arquero tiene su arco en reposo y las flechas descansan en el carcaj; la segunda, en que coloca una flecha en el arco, tensa y apunta a un objetivo; y la tercera, en la cual suelta la flecha.

De acuerdo con esa comparación, tanto en la primera etapa como en la segunda, el arquero tiene control absoluto sobre el karma, pudiendo, inclusive, en el último instante, dirigir su flecha hacia otro objetivo, tensar más o menos el arco para imprimir mayor o menor potencia a la flecha, o incluso desistir de tirar.

Eso corresponde a un dominio de dos tercios del karma, lo que es bastante razonable comparado con nuestro concepto de destino inflexible y sobre el cual no podemos actuar.

Además, cualquiera sea nuestro karma, la libertad que tenemos sobre las formas de cumplirlo es bastante elástica. La sensación de restricción o impedimento proviene mucho más de los propios recelos de cambiar y de la acomodación de las personas, que propiamente de la ley de causa y efecto.

Es como si el cumplimiento de un karma fuese un viaje en un transatlántico. Usted está inevitablemente dirigiéndose a su destino; entretanto, podrá aprovechar la jornada de diversas maneras. Podrá cumplir el trayecto relacionándose bien o mal con los compañeros de viaje. A bordo, tendrá derecho a tomar sol, nadar, leer, bailar, practicar deportes, enamorarse... O reclamar por la vida, por la monotonía, por el olor del mar, por el balanceo del barco, por el servicio de camarote, por el tamaño de la escotilla, por las náuseas... Todos llegarán a destino, de una manera o de otra. Sólo que algunos se divertirán bastante en el trayecto. Otros van a sufrir. Eso se debe preponderantemente al temperamento de cada uno y no al karma. Ése es el verdadero concepto de karma. El resto es complejo de culpa.

Con todo, si quiere complicarse más, podemos agregar que existen dos leyes actuando sobre nuestras vidas: karma y dharma. Por desconocer ese pormenor, los espiritualistas confunden las dos y atribuyen al karma cualidades que no le son inherentes. Karma es una ley universal y dharma, la ley humana, jurídica o religiosa, del lugar y tiempo en que el individuo está viviendo. El karma no es temporal ni espacial. El mismo karma es aplicable a un ateo del siglo XXI, a un musulmán del siglo XV, a un centurión romano, o a un troglodita prehistórico.

Sin embargo, el dharma de cada uno de ellos es bien específico, pues fue determinado por las costumbres de su tiempo y lugar. Para vivir bien, con salud y felicidad, es preciso conocer esas dos fuerzas para obtener la armonía entre ellas, especialmente en los numerosos momentos en que entran en choque. Hay circunstancias en que el dharma determina que usted actúe de cierta forma y el karma, de otra. Por ejemplo: el dharma manda que, en tiempos de guerra, mate. El karma lo prohíbe en cualquier circunstancia. ¿Cómo actuar? Hay muchas soluciones. Una de ellas es prestar el servicio militar como enfermero. Esta maniobra disimulativa es aplicable también en nuestra vida cotidiana.

El karma no es una ley moral, porque la moral es algo temporal y cambia todo el tiempo. El dharma es una ley moral porque está basado en las costumbres.
 
 
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